“Ser Maestro” by Raúl Bermejo

Hace unos días comentaba brevemente acerca del libro: “El Elemento” de sir Ken Robinson. Ahora toca el turno a un Maestro (sí, con mayúscula): Raúl Bermejo y su libro “Ser Maestro”.

9788416820825Me alegra mucho conocer que somos muchos los maestros que abogamos por el cambio metodológico y que éste debe de empezar en las aulas, siempre apoyados por una administración a la que se le atisba ciertos toques de cambio pero cuyas legislaciones son más que rígidas.

El libro no se mueve de la idea que Ken Robinson, Javier Tourón, Raúl Santiago, Pere Pujolàs, Fernando Trujillo o el filósofo José Antonio Marina han venido ofreciendo de la educación; todo un descubrimiento para mí, puesto que viene a continuar los textos de César Bona, libros de maestros para maestros (y padres) hablando en primera persona acerca de las dificultades y de los logros conseguidos. Sobre todo me llama poderosamente la atención la importancia que Bermejo da al juego y a la utilidad educativa del mismo.

Lectura muy amena y divertida, con algún que otro interrogante que se queda sin responder y con un final (las entrevistas y testimonios) bastante interesantes.

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¿Cómo educaremos en el futuro?

Tras la reciente publicación en El Mundo sobre la educación del futuro, me he puesto a escribir para reflexionar con vosotros.

¿En verdad sabemos cómo será la educación del futuro? Sinceramente creo que no. Todo lo que se expone de avances metodológicos y materiales son cosas que podemos poner en práctica no sólo desde ya, sino desde hace unos cuantos años. Es cierto que aún queda mucho por avanzar pero las nuevas “hornadas” de maestros, que prácticamente ya han nacido y se han desarrollado con una tecnología infinitamente más avanzada que aquel Intel 486 que yo tuve a los 16 años (de segunda mano claro), que venía con una impresora matricial que cuando funcionaba orquestaba el verdadero reggaeton y no lo de ahora,… Pues que los nuevos y futuros maestros han de tener en cuenta que no van a enseñar nunca como lo hacían sus profesores de escuela (ni los que ya ejercemos de docentes). Creo que los maestros somos guías de aprendizaje, no somos contenedores de conocimiento, eso quedó para la historia, aunque un porcentaje alto de maestros en ejercicio no quieran apearse del burro.
También creo que el futuro aboga por las tecnologías (pero el futuro de hoy, que mañana será pasado). Pero no porque a los chicos de hoy les veamos con whatsapp, facebook, instagram y formas de relacionarse diferentes a las de cuando nosotros éramos pequeños, sino porque las TIC son herramientas necesarias y útiles en nuestro día a día y en los futuros nuevos empleos muchísimo más: programadores, creadores de apps, investigadores, científicos, médicos, periodistas, reporteros, fotógrafos, cineastas, músicos, abogados, etc., no podrían realizar su trabajo (ni hoy ni el futuro) si no es por la tecnología y la que se va desarrollando día a día. Por eso los maestros no podemos quedarnos atrás. No podemos seguir con nuestra clase de pizarra verde. Tenemos que abanderar un cambio, pero no sólo en el ámbito legislativo (y por ende en el económico); sino en el de nuestra propia acción docente. ¿Cómo?

 

Siempre es complicado cambiar y siempre se formarán tres grandes grupos a partir de la propuesta del cambio:
  1. Los que se niegan de pleno. Los inmovilistas. Los que piensan (o al menos esa es la cara que dan) que todo está bien como está y que no hay motivo para cambiar. Suelen ser docentes desconocedores y llenos de miedo ante la novedad. Prefieren quedarse dentro de su “zona de confort”.
  2. Los reticentes. Incrédulos los muchos, que ponen trabas a casi todo para evitar cambiar de manera brusca e ir modificando acciones según vaya en demanda. Un ejemplo sería aquel docente que se niega a usar tablets en clase pero luego manda a sus alumnos que realicen actividades en casa desde el ordenador. Tienen miedo a salir de su zona de confort pero saben que han de hacerlo. Es un tira y afloja.
  3. Los abanderados. Los que se creen que el cambio ya está aquí y que es necesario por el bien de los alumnos. Es el que aprende nuevas técnicas, nuevos métodos y modelos, nuevos conocimientos para él, porque sabe que le serán útiles para su día a día como docente. Aunque el miedo a salir de la zona de confort siempre está ahí, lo importante es tener el convencimiento de que una vez que salgas lo que te vas a encontrar es mejor que lo que ya conoces.
Una cosa con la que no estoy del todo de acuerdo con el artículo de El Mundo es en lo relativo a que el inglés se convierta en la lengua vehicular de la educación, por encima de la materna. Creo que es imposible, y más en nuestro país, ya que el nivel en idiomas (el que sea) es bastante mediocre de manera generalizada en toda la población. La información general se publica en inglés (a nivel mundial los estudios y publicaciones más importantes se hacen en ese idioma) y los alumnos han de aprender la lengua de Shakespeare no sólo por necesidad sino también por movilidad (en un mundo globalizado no se entiende que una persona sólo hable su propia lengua). Quizás sea un punto de vista muy futurista pero abogo más por una escuela plurilingüe que certifique el conocimiento en varios idiomas.
Por último decir que los alumnos de hoy no han de acabar “especialistas”, sino “multidisciplinares” y “conectados” a un mundo real y digital cada vez más globalizado, con unas competencias adquiridas verdaderamente consolidadas y poderosas como para que el trabajo en grupo (multidisciplinar) sea lo más importante. El día de mañana los que tengan las habilidades necesarias para ejercer de “cohesionadores” de grupos serán los verdaderos protagonistas. Hoy en día ya ocurre: en la crisis del ébola los equipos de gestión no son exclusivamente médicos y de salud pública, sino que hay todo tipo de especialistas que aportan su granito de arena para que el producto final sea el esperado.
Resumiendo: en la historia siempre ha habido cambios en todos los ámbitos (física, biología, medicina, psicología, filosofía, religión, pedagogía,…), lo complicado es cambiar la mente de las personas que no abren sus ojos hacia la realidad.